Se me cayeron al suelo el disco de trabajo y el de backup

Se me cayeron al suelo el disco de trabajo y el de backup

Juan Marcelo Gutierrez

El domingo al mediodía se me cayeron al suelo dos discos duros externos. No uno: dos. Y no eran dos cualesquiera — eran mi disco de trabajo y el disco donde guardaba su copia de seguridad, conectados al mismo dock. En una sola caída perdí el original y el respaldo.

El de trabajo, un Toshiba de 3,5 pulgadas, no volvió a levantarse: gira, hace un par de clics y falla siempre en el mismo bloque. El sistema ni siquiera consigue leerle la tabla de particiones. El de backup, un Seagate de 4 TB, arranca y deja leer, pero por dentro está tocado — 429 sectores reasignados y 183 errores de lectura no corregibles con apenas 98 días de uso. Va camino de la tienda.

No me salvó ningún programa de recuperación. Me salvó una decisión tomada meses antes, y por otro motivo.

Llevaba meses escaneando mis discos con DataForge, una plataforma de inventario y gobierno de datos que he construido. Su base de datos vive en el disco interno del portátil, no en los que se cayeron, y guardaba 1.944.528 archivos de unos 4,7 TB con su ruta, su tamaño y, en buena parte, su huella sha256. Del disco de trabajo tenía 377.382 rutas registradas y 274.965 con hash, calculados antes del golpe.

Eso cambia la pregunta que puedes hacerte. Cuando rescatas un disco ves archivos apareciendo en el destino y confías en que estén todos; no tienes forma de saber si falta algo, porque no tienes una foto del antes. Yo la tenía. Al terminar la copia recalculé la huella de 221.536 archivos y la comparé contra la de julio: ni uno distinto, ni uno ausente, ni uno ilegible. No es que los tamaños cuadraran — es que el contenido era idéntico, byte a byte.

El índice sirvió para algo más, y eso fue lo que de verdad ahorró tiempo. El disco de backup tenía 2.511 GB dentro y se estaba muriendo mientras yo leía de él. Copiarlo entero habrían sido dos días largos castigando un hardware que ya fallaba. Al comparar por contenido en lugar de por nombre, resultó que el 96% de lo que había allí ya existía idéntico en otros discos: era un disco de backup, su trabajo era duplicar. Lo único que vivía exclusivamente ahí eran 92 GB. Eso saqué, y eso verifiqué.

El resto se quedó atrás porque lo elegí. Dejé fuera el multimedia y las fotos, y no por peso: sabía que ya estaban en otro disco porque meses antes había hecho una prueba de clasificación de imágenes cruzando metadatos, GPS y píxeles. No estaba confiando en que los nombres coincidieran — sabía que era la misma foto. Sin ese trabajo previo, dejar atrás las fotos familiares no habría sido una decisión, habría sido una apuesta.

Perdí dos cosas. Una carpeta found.000 del disco de trabajo, donde un chkdsk antiguo había dejado archivos huérfanos: no se pudo copiar por permisos y nadie sabe qué había dentro, que es precisamente su naturaleza. Y un archivo de 35 MB, una base de datos de un censo ganadero, que el disco averiado se niega a soltar porque el sector está muerto. Ese dato lo tengo en otras dos copias verificadas, así que el contenido vive; lo que se ha perdido es ese ejemplar.

Hubo un tercer caso que me hizo pensar. 63 notas de voz de WhatsApp guardadas dentro de un expediente legal quedaron fuera del rescate porque una regla excluía multimedia por peso. La regla era sensata y aun así se equivocó: el tipo de archivo no te dice para qué sirve. Están en el móvil y en el correo, así que no fui a por ellas, pero la lección se queda.

Y queda algo que todavía no sé, que es probablemente lo más honesto de todo esto: unos 250 GB de ese disco no aparecen en el índice. Son archivos escritos después del último escaneo, del 6 de julio. Hasta que los inventaríe no puedo afirmar que estén cubiertos. Un índice te protege hasta la fecha de su última pasada; a partir de ahí tienes un mapa con zonas en blanco, y las zonas en blanco solo se descubren cuando ya no puedes volver a mirar.

Dos días desde la caída hasta tener todo colocado, de los cuales unas 24 horas fueron discos copiando solos de noche. Los discos nuevos son otros: otras etiquetas, otras letras. Nada de lo que tengo montado apunta a una letra de disco, así que todo se reorganiza y sigue funcionando. Cuando termine será como si no hubiera pasado nada.

Pero pasó.

Empecé DataForge para ordenar carpetas. Ha acabado siendo forense.

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